La planta ubicada en la localidad de Albardón, provincia de San Juan, dejó de producir de manera repentina tras casi tres décadas.
Esta sede era el núcleo operativo de la empresa y el símbolo de su expansión federal durante los últimos años. La fábrica fue un motor económico vital para la región y para la comunidad local.
La crisis económica actual y la caída del consumo interno fueron los factores determinantes que llevaron a la empresa a cerrar la fábrica de galletitas Tía Maruca en San Juan.
El aumento desmedido en los costos de los insumos básicos, como la harina y el azúcar, destruyó la rentabilidad de la producción a gran escala. A pesar de los intentos por reestructurar la deuda, el contexto inflacionario terminó con las finanzas de la compañía.
Según datos del INDEC, la industria manufacturera inició el 2026 con una caída interanual del 8,7% en febrero. El consumo masivo, tras haber sufrido un derrumbe histórico del 16% en 2024, no logró una recuperación sólida en 2025 (apenas un 2%), dejando al mercado en niveles muy por debajo de los históricos.
El cierre de la planta de Albardón dejó a decenas de trabajadores en la calle. Los operarios fueron notificados de la decisión mediante telegramas que confirmaron el fin de la relación laboral de manera inmediata y sin previo aviso. Esta situación ha provocado movilizaciones en las puertas de la fábrica para reclamar por la preservación de los puestos de trabajo.
Sobre las indemnizaciones, existe una gran incertidumbre y tensión entre el gremio de la alimentación y los directivos de la empresa por los montos. Los trabajadores denuncian que las ofertas iniciales no cumplen con lo establecido por la ley y exigen el pago total de los años de servicio.
El conflicto se encuentra en instancias legales, mientras los despedidos aguardan una resolución que les permita afrontar su futuro económico.
Tía Maruca nació en 1998 como un emprendimiento familiar que buscaba ofrecer galletitas de calidad artesanal con un proceso de producción industrial.
Con un marketing enfocado en la cercanía y el sabor hogareño, rápidamente logró ganarse un lugar privilegiado en los almacenes y supermercados de todo el país. Su crecimiento fue tan explosivo que en pocos años pasó de ser una pyme a un referente del sector.
En 2017, la marca dio su paso más ambicioso al adquirir la planta de Dilexis en San Juan, lo que le permitió multiplicar su capacidad de fabricación. Durante su pico, sus productos llegaron a exportarse a países vecinos, pero ese mismo crecimiento acelerado terminó siendo vulnerable ante las fluctuaciones de la economía argentina que marcaron el fin.











