Las granjas manipuladoras de los trolls y los bots en formato criollo
Prácticas desleales se adoptaron e instalaron en la política nacional
10/8/2026 · 00:09 hs
Las granjas de trolls y bots no son un invento argentino, pero todo indica que cuando llegaron, lo hicieron para quedarse.
Aunque es difícil precisarlo, todo indica que comenzaron a utilizarse en Rusia, cuando una crisis generó una serie de protestas contra el gobierno en San Petesburgo, y como reacción se orquestó una campaña muy cuidada para controlar y manipular la opinión pública en internet.
La estrategia funcionó, y el concepto moderno de estas oficinas dedicadas a la desinformación masiva cobró notoriedad global a partir de 2013, con la creación rusa de la Internet Research Agency (Agencia de Investigación en Internet).
Claramente, las maniobras para mentir y manipular a las masas son tan viejas como la humanidad, lo que cambió es el método, a partir del aprovechamiento desleal de las tecnologías disponibles en nuestro tiempo.
En Argentina, estas granjas (grupos de teléfonos y computadoras coordinadas, que a veces usan programas especiales) en poco tiempo pasaron de ser herramientas experimentales de difamación política a convertirse en complejas estructuras profesionalizadas de manipulación digital.
El origen en nuestro país coincide a grandes rasgos con el resto del mundo, desde la masificación de redes sociales como Facebook y Twitter. En sus inicios, las operaciones eran rudimentarias y consistían en grupos de personas que eran mandados a escribir mensajes, desde sus cuentas o cuentas falsas. Después la tarea se hizo también con máquinas, y más tarde no se difundieron solo mensajes sino noticias truchas.
Con el tiempo, agencias de marketing político locales comenzaron a incorporar software automatizado para simular interacciones masivas y alterar artificialmente el debate público.
La última década
La campaña presidencial de 2015 marcó un punto de inflexión fundamental en la profesionalización de estas estructuras en el país.
Los principales frentes políticos descubrieron el poder de los algoritmos para moldear la percepción de los votantes sin dejar un rastro evidente. Surgieron entonces las primeras denuncias formales sobre oficinas clandestinas dedicadas exclusivamente a la creación de perfiles falsos.
Estas cuentas automatizadas no solo replicaban consignas partidarias, sino que ejecutaban campañas de hostigamiento dirigidas a figuras de la oposición. La estrategia mutó de la simple propaganda positiva hacia la destrucción sistemática de la reputación digital del adversario.
Entre 2017 y 2019, la sofisticación tecnológica de estas organizaciones experimentó un salto cuantitativo. Se incorporaron redes de bots distribuidas que utilizaban proxies y redes privadas virtuales para burlar las detecciones de las plataformas de contenido.
Las granjas dejaron de operar de forma aislada y comenzaron a coordinar narrativas con medios digitales afines y creadores de contenido reales. Este ecosistema híbrido permitía que un rumor iniciado por un bot fuera validado por un usuario real influyente en cuestión de minutos.
Los objetivos principales se centraron en polarizar la sociedad, profundizar las divisiones ideológicas y desviar la atención de crisis socioeconómicas.
El gobierno de Mauricio Macri usó mucho estas herramientas, y hasta quedó expuesto algunas veces, cuando la intervención se hacía evidente por mensajes como “caricias significativas”, que hacían obvio que se trataba de campañas armadas.
El arribo de la pandemia en 2020 y los procesos electorales posteriores profundizaron el uso de la desinformación como un activo estratégico permanente.
El foco de las granjas de trolls se desplazó parcialmente hacia plataformas de mensajería cerrada como WhatsApp y Telegram, donde el control es menor. La automatización comenzó a complementarse de forma intensiva con el uso de inteligencia artificial para la generación de textos e imágenes falsas. Los perfiles automatizados adquirieron mayor realismo, mostrando rostros generados sintéticamente, historiales de publicación coherentes y comportamientos que simulaban el ritmo humano de navegación.
La actualidad
En los últimos años, el mercado de la manipulación digital en Argentina se consolidó como una industria lucrativa y altamente especializada.
Hoy en día, estas estructuras operan bajo el disfraz de consultorías de comunicación, agencias de métricas digitales o empresas de ciberseguridad.
Ofrecen servicios empaquetados que van desde la instalación de hashtags patrocinados hasta campañas masivas de reportes para dar de baja cuentas críticas.
Financieramente, estas operaciones suelen sostenerse mediante esquemas opacos de pauta oficial desviada, fondos reservados de organismos de inteligencia o aportes anónimos de campaña.
El crecimiento de estas granjas transformó el ecosistema digital argentino en un territorio hostil, donde la verdad suele quedar subordinada a la fuerza del algoritmo contratado.
Es un terreno peligroso, que sirve para desparramar fake news (noticias falsas) y hacerlas creíbles con reacciones también falsas.
La realidad indica que las granjas son muy difíciles de controlar, porque sus mensajes se mezclan con los de la gente común. Y hoy son más los interesados en ver cómo aprovecharlas, que en ver cómo detenerlas.











