Ingresando al tramo decisivo del proceso preelectoral, rumbo a las elecciones legislativas, el radicalismo catamarqueño chocó de frente con una realidad poco alentadora, propia del proceso de debilitamiento y decadencia en que ingresó la fuerza desde hace largo tiempo.

EDITORIAL
Por Redacción El Esquiu
7/7/2025 · 00:45 hs
Todo lo que se dijo desde la desastrosa elección de 2023, en la que la UCR local padeció el mayor rechazo de la historia en las urnas, cayó en un saco roto y lo sucedido en la última convención -en lugar de mostrar señales de superación- vino a convertirse en la explicación más concreta de por qué se llegó a este punto. ¿Por qué en los últimos comicios la UCR local terminó en un dramático e inédito cuarto lugar, detrás de peronistas, libertarios y votos en blanco? Porque es lo que se mostró en la convención, un grupo heterogéneo de dirigentes sin proyectos, sin coincidencias mínimas, sin un rumbo en común, distanciados por abismos metodológicos, y, en algunos casos, interesados solo en dar consistencia a aventuras personales por un cargo o espacio.
Los rasgos recurrentes que dejó la convención fueron el descontento y la frustración. Descontento en la dirigencia del interior, que viajó solo para ver desde el ring side cómo se peleaban los sectores capitalinos. Descontento de quienes ni siquiera tuvieron la oportunidad de ser escuchados. Descontento de quienes observaron atónitos cómo pretendían dirigir los destinos del partido aquellos que llevan más de un año jugando con otra camiseta (y peluca). Descontento de quienes buscaban un renacer conjunto y encontraron las miserias de siempre, las manipulaciones, los gritos y todo el kit de muletillas que desembocan en derrota tras derrota desde hace cinco lustros. Frustración de todos los que advierten que no hay manera de revertir la racha de fracasos con esta postura.
La salida más decorosa que se encontró, todo un signo de desconcierto, es convocar a una elección interna, con la idea de que no haya ninguna elección interna. Un manotazo de ahogado más, con la excusa de buscar una unidad de la que se habla hace años y que nunca se concreta. Todo ello, sumado a la alarmante falta de identidad política, que invita a conformar la alianza que sea con quien sea, para no sucumbir una vez más por el peso de las propias carencias. Una caricatura es este radicalismo, al lado de aquel que supo gobernar Catamarca 20 años seguidos, simulando una coalición amplia que en realidad eran sellos vacíos que decoraban una conducción solitaria. Hoy, sin ideas ni convicciones, el análisis pasa por descifrar a qué colectivo subirse, siempre como furgón de cola, sin capacidad ni fuerza para liderar ningún proyecto. Queda poco tiempo para corregir tantos errores. Y no se advierte mayor voluntad de hacerlo.











