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La batalla política que desatará la llegada del Papa León XIV a la Argentina

19/9/2026 · 00:17 hs

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La confirmación de la visita apostólica del Papa León XIV al país, programada del 8 al 11 de noviembre, marca un hito de proporciones históricas para una nación que lleva casi cuatro décadas sin recibir a un Sumo Pontífice en su suelo.

 Desde el histórico viaje de Juan Pablo II en 1987, bajo la presidencia de Raúl Alfonsín, los fieles locales y el arco político en general han vivido en una constante vigilia de tensiones y promesas incumplidas.

 Ni siquiera el prolongado pontificado del compatriota Jorge Bergoglio logró concretar un retorno a su patria, lo que alimentó durante más de una década un sinfín de especulaciones, debates políticos y lamentos pastorales.

 En este contexto, el desembarco de León XIV no representa un viaje pastoral más en la agenda del Vaticano, sino un acontecimiento de enorme relevancia geopolítica y espiritual que sacude las estructuras de un país profundamente fragmentado.

El significado de esta visita trasciende las fronteras estrictamente religiosas y se mete de lleno en el barro de la política local.

 En términos institucionales, el recibimiento oficial por parte del presidente Javier Milei en la Casa Rosada será la primera gran postal de un encuentro que promete alta tensión y máxima diplomacia.

 La llegada de la máxima autoridad de la Iglesia Católica se produce en un escenario de fuerte polarización ideológica, donde las posturas del actual Gobierno nacional respecto a la doctrina social de la Iglesia han estado bajo constante escrutinio.

 Se sabe que el Sumo Pontífice conoce perfectamente las rispideces discursivas del pasado reciente y los profundos desacuerdos conceptuales en torno a la justicia social, un principio que el catolicismo defiende como eje central de su pensamiento y que la actual administración económica suele cuestionar con vehemencia.

 Por lo tanto, el diálogo cara a cara en la sede de gobierno será un termómetro clave para medir la situación.

Para el oficialismo, la visita representa un desafío de control de daños y, al mismo tiempo, una oportunidad de legitimación internacional que no pueden desaprovechar.

 La estrategia de la Casa Rosada consistirá en blindar la agenda del Pontífice para evitar que los sectores opositores capitalicen políticamente los previsibles llamados papales a la austeridad social y la solidaridad colectiva.

Que nadie se acerque, que solo Milei tenga fotos cuidadas con el Obispo de Roma, es la consigna.

 El gobierno buscará escenificar un respeto reverencial que disipe de forma definitiva las brutalidades que dijo Milei en la campaña electoral, intentando capitalizar la foto oficial como una muestra de convivencia republicana ante los ojos del mundo.

Un Papa retando a Milei por haber insultado a Francisco, por agredir y sembrar odio, por insultar y dividir, o por sus proclamas contra la justicia social, es casi una fantasía.

Pero es verdad que todo lo que alienta y defiende Milei es la cara opuesta de lo que alienta y defiende la Iglesia.

Un Milei sacando provecho de la visita mostrándose junto al Papa con cara de ángel atormenta a la oposición.

Una oposición avalada y acompañada en sus reclamos por los mensajes del Papa atormenta al oficialismo.

La visita no es política, es evangelizadora, es más profunda e importante. Pero la política está allí, y es necio negarlo.

 El gobierno libertario ve una gran oportunidad de lavar su imagen. Pero también teme, y su temor tiene fundamentos.

El riesgo de que el protocolo sea desbordado por la realidad social de las calles sigue siendo un factor de alta preocupación en los despachos de los principales asesores presidenciales.

Por su parte, la oposición y los distintos movimientos sociales ven en la llegada de León XIV un fuerte respaldo simbólico a sus reclamos por los sectores más Postergados.

 Desde el peronismo hasta las corrientes de la izquierda moderada, se espera que el discurso eclesiástico actúe como un freno ético al ajuste salvaje y las reformas de corte libertario.

Quieren marcar presencia, y esta vez no podrá haber protocolo antipiquetes, gases y palos que los detengan.

 La pulseada política se centrará en la interpretación de cada homilía: mientras el peronismo y las organizaciones territoriales buscarán leer las palabras del Papa como una crítica al modelo económico actual, los sectores aliados al gobierno intentarán circunscribir el mensaje a un plano estrictamente moral y espiritual, desprovisto de intencionalidad electoral inmediata.

 Esta batalla por el sentido de la palabra pontificia promete ser feroz en las semanas previas y posteriores al evento.

Desde la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), presidida por Monseñor Marcelo Colombo, la lectura es de una profunda esperanza y una oportunidad ineludible para restañar heridas sociales.

 Las expectativas pastorales están puestas en el mensaje de paz, dignidad humana y renovación eclesial que el Papa pueda sembrar en su recorrido.

 El itinerario diseñado, que incluye paradas de alta carga simbólica en la ciudad de Buenos Aires, la provincia de Córdoba y la histórica Basílica de Nuestra Señora de Luján, busca conectar de manera federal con una ciudadanía agobiada por recurrentes crisis socioeconómicas.

 La movilización masiva de fieles que se prevé para esas jornadas operará como un espejo de la necesidad colectiva de contención espiritual y de un horizonte común que logre sobrevolar la crispación cotidiana de la “grieta” política.

Las mayores expectativas giran en torno al contenido de los discursos papales y las actividades de fuerte contenido social.

 Diversos sectores de la sociedad civil, desde agrupaciones de la economía popular hasta el establishment empresarial y los líderes sindicales, aguardan con lupa las referencias que el Pontífice pueda hacer basándose en su encíclica Magnifica Humanitas, cuyo párrafo 16 -dedicado a la situación de los más vulnerables, los enfermos y los migrantes- es estudiado minuciosamente por analistas de todo el espectro político.

 Las potenciales visitas a espacios marginados, como el Cotolengo Don Orione o un establecimiento carcelario, se interpretan de antemano como gestos potentes que pondrán en el centro del debate público la urgencia de construir consensos en favor del desarrollo humano integral.

 En un país habituado a deglutir cada hecho de la realidad bajo lógicas partidarias, el gran desafío de León XIV será lograr que su mensaje de paz y fraternidad trascienda el filtro de la disputa política y se convierta en una herramienta eficaz para la cohesión social de una Argentina que necesita, imperiosamente, volver a encontrarse con sus valores más profundos.

 Los políticos tienen un plan distinto, que incluye ver de qué manera pueden utilizar la visita para que sea redituable en la antesala electoral.

Un mapa que explica, en gran parte, por qué Francisco nunca volvió.

El Esquiú.com

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